Fiesta

Midnight in Paris (2011), Woody Allen.

Desde el inicio, en una genial secuencia metatextual y autoreferencial, Allen parece decir “hola, acá estoy, soy el director de Manhattan”. Y después de eso, durante toda la película, lo confirma.

Para ser sincero, fui con mucho prejuicio, mala fe, y poca expectativa. Esperaba que, como pasa a veces con este hombre, se distrajera en París, o en las historias del pasado, e hiciera una película un poco tonta, un poco cursi, con poco gusto. Es decir, esperaba una Whatever Works parisina y snob. Gratamente me sorprendí. Midnight in Paris, la verdad, es una gran película.

Empezando por lo obvio, Owen Wilson haciendo de Allen (o casi), se luce y realmente transmite muy bien ese flotar en la vida, la neurosis fóbica, el pretender otra cosa del mundo que lo que se da. La mujer, por otro lado, quien no puede parar de generar rechazo por donde se la mire, lo complementa a la perfección para completar la relación.

Pero eso no sería nada, ni siquiera la perfección de la trama principal, que cierra completamente, o de las tramas secundarias, que la complementan con buen gusto y humor, si la película no fuera efectiva en generar simplemente una sensación particular. En esa especie de realismo mágico allenesco, la mística urbana explota y se abre en nuestra mente como si el mundo fuera una atracción de parque de diversiones completamente misteriosa. Sí, uno puede encontrarse un callejón en cualquier parte del mundo que lo lleve a otro tiempo, ¿por qué no? (como bien dice Man Ray, en la película). La vida está ahí afuera, en cualquier ciudad, que es un mundo en sí mismo. Las luces de París, o las de Manhattan, son como bosques encantados de cuentos épicos, y los personajes que los habitan no son menos fantásticos. ¿A quién no le da ganas, salido del cine de esta película, de caminar por la ciudad, o lo que es lo mismo, de vivir? Las ciudades son como monstruos vivos en los que estamos inmersos; son la vida misma.

Al final Gil va y viene de esos mundos, ninguno más real que el otro, y más allá de su elección última, lo que es interesante es la completa seguridad de que cualquiera de esos otros mundos también existe, está a nuestra disposición, como todas las elecciones en la vida, para nosotros tomarlas. La vida es, para Allen, una cuestión completamente mágica. Y pienso, sinceramente, que tiene razón.

pd.: mención especial a Adrien Brody, que se ganó mi simpatía.

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