Las abuelas y sus vidas

En los últimos cinco días visité a mis dos abuelas, cada una por su lado. La italiana (de nacimiento, de infancia y de familia), y la argentina (hija de una italiana y un albanés). Una vive en Quilmes y la otra en Palermo. Una no sale de su casa, y la otra viaja por el mundo.

Cuando visité a mi abuela italiana, me contó cómo una señora inglesa de mucha plata de su barrio, le prestó a su madre (que trabajaba para ella), el dinero que le faltaba para terminar de construir su casa en argentina (a fines de los años treinta), mientras tomábamos té en tazas regaladas por esta misma inglesa, para el casamiento de mi abuela.

Hoy visité a la argentina, y hablamos de cómo mi abuelo abría caminos en la selva del Chaco en los años cincuenta. También me mostró su bandera de Albania, su bufanda de Albania y su gorra de la federación albanesa de fútbol, que le regalaron cuando fue a la cancha a ver Argentina-Albania, hace más o menos un mes.

Visitar a mis abuelas es una experiencia, si bien no poco común, particular. Me retrotrae en el tiempo (como supongo les sucede a todos, para eso están los abuelos) y me hace imaginarlas a ellas (y a sus maridos, de los cuales a uno no conocí, y al otro nunca después de la infancia), en su juventud. Particularmente con mi abuelo materno (marido de la argentina), me sucede algo particular. Es inspirador de una manera extraña, imaginarlo joven, en los años cincuenta, en el Chaco. O ver sus fotos en París en el ’59.

Hablar con los abuelos es una especie de sentar las bases, de poner los pies un poco más en la tierra y tomar perspectiva histórica de la vida. Las épocas de las películas o los textos o la imaginación se transforman en hechos concretos vividos por seres cercanos, y eso ejerce casi invariablemente una fascinación. Todos somos pasado, por lo que hablar con un abuelo es entender un poco más de la vida y de la duración humana, de sentir las vivencias que uno está teniendo, o que va a tener, desde otro lugar.

Y de alguna manera, cada vez que pasa, me da lástima que sean tan, invariablemente, lejanos. Pareciera que el pasado se forma de anécdotas, y uno al construir las propias, espera estar a la altura de las que escucha de ellos.

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