La caída

Solar (2010), Ian McEwan

Me bajé del colectivo con el libro en la mano y el dedo índice marcando la página. Llegué a mi casa, me saqué la campera, me senté y seguí leyendo hasta terminar. Así fue mi final de Solar, de Ian McEwan.

Hace algunos años había intentado con este hombre en Chesil Beach (2007), pero acorde a mi costumbre de abandonar de inmediato lo que no veo valioso, duré pocas páginas y los guardé, al libro y al autor, por un tiempo. Hace poco un regalo me obligó, de alguna manera, a retomar al señor inglés, y agradezco la invitación.

Lejos de la artrosis verbal que parecía haber en el anterior intento, en Solar me encontré con algo totalmente ligero, cualidad que valoro bastante. La novela está en tres partes, que consisten en tres momentos diferentes de la vida de un hombre, siempre después de sus cincuenta años. McEwan hace un retrato obsesivo de esta vida, o más bien de su decadencia, mostrándola en todos sus ámbitos, desde el laboral (adentrándose en su actividad casi tanto como el mismo personaje), hasta lo amoroso y sentimental en sus grados de más profunda ambigüedad e incertidumbre.

El hombre en cuestión es Michael Beard, un físico inglés, premio Nobel en su juventud, para el cual los grandes momentos de su vida están en el pasado, y del que solo quedan (si es que alguna vez hubo otra cosa) el interés personal y la superficialidad casi total. Lo interesante es la focalización totalmente interna que se hace de una persona que justamente, es incomprensible en el trato diario. Para decirlo sin vueltas, el personaje de Beard es lo que se llamaría normalmente una mala persona, y es justamente en esto en lo que radica el quid del asunto. Sin pretensiones de marcar esta neurosis que hace al hombre, ni de hacerla ambigua adrede, pareciera que McEwan lo deja ser. Entonces deviene la verdadera personalidad, a veces imposible de encontrar en ciertos personajes.

Admiro la capacidad de este autor otrora despreciado para plasmar de una manera tan clara a una persona, y con eso, también, a lo que no se puede explicar de ella. La capacidad de investigar tanto sobre su actividad para que cuando se narre su trabajo, efectivamente se hable en términos del mismo (en este caso de física, al riesgo de dejar afuera a más de un lector, incluyéndome). La fluidez de la escritura que parece que surgiera y no que esté escrita. Mis disculpas, McEwan, se ha ganado mi respeto.

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