La condición humana

Hannah and Her Sisters (1986), Woody Allen.

Esta película era una de mis cuentas pendientes con el cine de Woody Allen. Una de esas que uno se avergüenza de no haber visto durante un conversación, y encima, sabiendo que seguramente al verla gustará. Es de 1986, pero de alguna manera no es difícil verla como parte de una imaginaria trilogía conformada por Annie Hall (1977), Manhattan (1979), y ella misma. La primera trata las relaciones amorosas, la segunda la sociedad, y la tercera la familia, todas bajo un marco de existencialismo en el cual sus neuróticos personajes buscan la manera de quedar en paz con su vida.

Particularmente me gustan las películas repletas de personajes y conflictos, tal vez simplemente por la multiplicidad de historias, pero más probablemente por el hecho de que, en la mayoría de los casos, esta multiplicidad esconde una unidad temática que las trasciende. En muchos casos esto sale realmente mal, de manera burda y saturada (un buen ejemplo sería Magnolia, de Paul Thomas Anderson). En otros puede ser genial. Este caso es uno de esos.

Elliot (Michael Caine) se enamora de Lee (Barbara Hershey), la hermana de su esposa Hannah (Mia Farrow), mientras su otra hermana Holly (Dianne Wiest) sufre una decadencia generalizada. Paralelamente, el ex marido de Hannah (Woody Allen) atraviesa una crisis existencial que concluye con el encuentro de Holly. Este último personaje merece especial atención, interpretado de manera magistral por Dianne Wiest (ganadora del Oscar a mejor actriz de reparto), que cumple, como personaje descarriado y cargador de todas las fallas de la familia, una función inesperadamente importante en la resolución de más de un conflicto.

En esta película están presentes con una potencia no presente antes en Woody Allen el tema de la paternidad y la familia como una forma de sentido de la vida. Los personajes de los padres de las hermanas son el axis mundi de casi todo el resto de la familia, y aún sin consciencia de ello, se expresa a la vez la contradicción de que tal nivel de funcionalidad familiar (que en realidad, muestra fisuras y no es tal) no puede hacer sino el efecto contrario en sus frutos (de las tres hermanas, ninguna parece lograr satisfacer sus aspiraciones en la vida), y de que a la vez tal funcionalidad en la propia vida es lo único a lo que se aspira. La institución familiar muestra sus fallas pero, a la vez, se expresa con una profunda admiración y necesidad de existencia.

Como suele suceder con Allen, dentro de su universo de endogamia, intelecuales, artistas y relaciones neuróticas, la visión final es de una conciliación, de una renovada amistad entre los padres, los hijos y las parejas, y el hombre y su propia vida. En este caso, el final es impecable como pocos (llegando a niveles de emoción poco frecuentes en el que suscribe) y es claramente paradigmático de lo que, para el director, es el camino de la vida, transformándose, como las otras películas mencionadas, y probablemente como la última Midnight in Paris (de la que tanto se habló como un retorno al Allen original) en una obra reflexiva, profunda y, por sobre todo, existencial.

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