Lectura(s)

The Reticence of Lady Anne (1910), Saki.

Por razones académicas me vi en la obligación de leer este relato corto, escrito por el (hasta el momento desconocido) escritor inglés auto-proclamado “Saki“, llamado originalmente Hector Hugh Munro. Acostumbrado como estoy al abandono casi absoluto en cuestiones universitarias, durante muchas semanas escuché opiniones, análisis e ideas sobre el susodicho cuento, sin haberlo leído antes. A causa de esto, tenía una idea preconcebida, algo negativa, sobre lo que iba a encontrar. Luego de la lectura largamente prolongada, me encontré con un buen relato, perfectamente construido, al más puro estilo Poe. Y también me encontré con que la larga sucesión de comentarios y apreciaciones recibida antes de la lectura era profundamente errónea y superficial. Quiero aclarar que no descarto la posibilidad de que esta lectura superficial sea también la del autor.

Saki construye el cuento a base de una falta de conocimiento, por parte del lector, del estado de uno de los dos personajes, para generar la contundencia del efecto final, base del concepto de la historia. La focalización está puesta en el personaje de Egbert en todo momento hasta que se va de la habitación, momento en el cual pasa a Don Tarquinio, el gato de la pareja, y en el que descubrimos como lectores que la persona a la cual Egbert le había estado hablando desde el comienzo del relato en realidad está muerta. La opinión general de este hecho es acorde a la de la mascota del protagonista; es decir, que Egbert es un idiota. Como suele suceder en el mundo del cine, no hay matices en este sentido: Egbert es un mal marido, que no se preocupa por la mujer, que podría hasta golpearla o peor aún, ignorarla completamente, que está preocupado únicamente por sus pipas y su cricket, que es como un niño, que es tonto, y todas esas cosas juntas. El pensamiento que Saki ubica en un gato, es el que realmente posee alguna de la gente que he oído hablar sobre este cuento. Esas son las ideas de la felizmente sutil gente del cine, y de esa manera se pierde el foco del asunto.

¿Qué puede generar el fin del relato sino espanto? A lo sumo risa, pero en todo caso, por las mismas razones. No poder ver la horrorosa situación del ahora viudo Egbert, confundido y/o negador de la situación de cuerpo muerto de su otrora mujer, es no tener ningún tipo de sensibilidad. La esposa ha muerto en el living de su casa. Su vida ha sido miserable, su matrimonio una farsa, su sociedad una fachada. Y encima se espera que actúe como un buen marido de siglo XX, y haga las cosas que normalmente se hacen: llorar y llorar. Pobre Egbert.

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