Lo siniestro

La piel que habito (2011), Pedro Almodóvar.

A continuación se revelan detalles de la trama.

Simplemente, no sabía que esperar. Primero, porque había ido al cine antes de elegir la película de la noche. Y segundo, porque por el afiche y el trailer, esta parecía una de espías o de ladrones furtivos, al estilo Sean Connery y Catherine Zeta-Jones (Entrapment, 1999). Además, Elena Anaya me hace acordar a Natalie Portman (al menos en el estilo visual que utilizó esta vez), por lo que tenía los pensamientos claramente perdidos, y entré a la sala como quien se pasa en el colectivo por distraerse en la lectura (o en los tsumego).

De pronto estaba adentro, y La piel que habito es, para cualquier espectador desprevenido, un baldazo de agua fría. De un momento a otro pasé a un mundo no sólo bizarro, sino retorcido y siniestro. Porque si lo siniestro es el espanto en lo familiar, de eso es de lo que estamos hablando acá, y en dos sentidos. Por un lado, el obvio, es decir la transformación del cuerpo. El personaje de Vicente/Vera, encontrándose en una operación de cambio de sexo contra su voluntad, no puede siquiera reaccionar, y de las consecuencias de este proceso de transformación hace su argumento la película. Por otro lado, en el mundo diegético de la película misma, que desde el principio está planteado en un límite impreciso entre el verosímil cotidiano clásico de Almodóvar, y lo abyecto de un violador brasilero vestido de tigre para un carnaval. De alguna manera que sólo este director logra, nos encontramos cómodos en ese mundo, y a la vez lo sentimos profundamente espantoso.

Respecto al primer caso, veo muy clara la relación con The Invasion of the Body Snatchers (1956), esa genialidad de la ciencia ficción apocalíptica de los años 50. Pero me llama la atención lo antagónico de la relación. En esta, el cuerpo permanece igual, y lo que cambia es el interior, el ser que lo habita. En la actual, inversamente y como el título indica, es el cuerpo el que cambia, como habitáculo artificial del ser que vive en él. Y esto último es aún más oscuro que lo primero. Al salir de la sala, una sola palabra alcanza: perturbador.

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