Leave the gun, take the cannoli

The Godfather (1972, restaurada 2011).

Si fuera de los que hacen podios, claramente El Padrino estaría en mi podio de mejor cine de la historia. Además, con la relación personal que desarrollé a lo largo del tiempo con ella (que incluye épocas de verla reiteradas veces de una manera compulsiva) era imposible que, al re estrenarse en cine, no fuera a verla. Creo sinceramente que es una experiencia que todo ser humano occidental tiene que vivir.

Primero, algo sobre la restauración. Simplemente no me pareció tal. El sonido es notoriamente bueno, pero en cuanto a imagen, probablemente no sea ni superior ni igual a la de 35mm estrenada originalmente. De hecho, creo que un reestreno en el formato original hubiese rendido más frutos a nivel estético (aunque, obviamente, hubiese sido mucho más caro). Pero realmente no sabía que restauración es simplemente el pasaje de 35mm a digital con la menor pérdida posible de calidad. Creía que incluía algo de mejoría, de crecimiento en la calidad y no de simplemente intentar no perderla. Pero una vez acostumbrado a la textura no del todo feliz que el pasaje le generó, me reencontré con la gran obra que es esta película.

Ver un clásico tan instalado en el imaginario popular, en el propio, al punto tal que es parte misma de la cultura y, en muchos casos, de nuestra manera de hablar (al menos de la mía), es una experiencia extraña. Por rídiculo que parezca, uno se siente en familia. Y no sólo por conocer a los personajes y a gran parte de sus líneas de diálogos, sino porque la película misma aborda ese tema como ninguna otra. Hay dos escenas particulares al respecto. La primera, durante la fiesta de casamiento de Connie Corleone, el momento en que la esposa de Vito canta, y luego la sucede un anciano de la familia. Es una imposibilidad propia y personal entender cómo detrás de cámaras, en ese momento, puede haber estado alguien tan inepto y mediocre como Francis Ford Coppola (y me rehúso a ponerlo, en el encabezado, junto al nombre de la obra), pero así fue, y sin embargo esa escena transmite una evocación a la niñez y a los padres, a los abuelos, de una manera que nunca vi.

La segunda escena es la anterior a la muerte de Vito Corleone, y es una conversación entre padre e hijo. Nuevamente, en lo que es una declaración de principios de Corleone, se llega a lo que toda escena en cine debiera ser, desde dos actores que nunca igualaron ese momento en sus carreras.

Suena obvio decir que la película habla magistralmente de las relaciones familiares, pero a mí no dejan de sorprenderme los detalles, la sutileza con la que se llega a tratar esas relaciones, al punto tal de generar una obsesión visual con verla una y otra vez, como intentando encontrar dónde es que está esa genialidad. Y esa verla una y otra vez me hace sentir, en cada oportunidad, encontrándome conmigo mismo. No me quejaría si se decidiera una exposición permanente, y probablemente, acudiría todos los meses.

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