El principio del principio

photo1Todo empezó con esta imagen. Eso no es del todo cierto, porque todo siempre empieza antes, pero creo que ver esta imagen fue el inicio del cambio repentino, de la carrera vertiginosa, del camino. Rápidamente decidimos que ese era el departamento en el que queríamos vivir. Colegiales es un barrio lindo (para mí, un hallazgo, ya que nunca lo había conocido, ni en fotos), relativamente bien ubicado, tranquilo y barrial. La calle del edificio que elegíamos tenía adoquines, la cruzaba la vía del tren, y prometía llenarse de hojas secas en otoño. Subte a seis cuadras, tren a una y media, centrito comercial de avenida Lacroze a dos. Todo cerraba perfectamente.

El departamento, por otro lado, era lo que buscábamos: octavo piso significaba cantidades absurdas de luz y sol, ideal para nuestras plantas (sobre todo, para las mías), para mi desayuno (mucha luz es condición sine qua non para disfrutar mi café) y para Julieta y sus fotografías cotidianas. Además, estaba la clave absoluta del departamento: un balcón aterrazado gigantesco al que llamamos “patio”, con lugar suficiente para una parrilla, mesita con sillas, mil plantas, lo que uno quiera. En fin, un departamento ideal en todos los sentidos.

A continuación empezó la negociación para la firma del contrato, con el peor agente inmobiliario del mundo. El señor agente merece un descargo individual, por lo que no voy a entrar en detalles sobre él en este momento. Pero básicamente, una mezcla de intransigencia en cláusulas abusivas y mentiras y engaños en condiciones del contrato y del inmueble lo transformaron en motivo de estrés extremo la víspera de la firma del contrato. En cuanto acomodemos todas nuestras cosas, estoy seguro de que vamos a pegar una foto suya en algún lado, con un juego de dardos o cuchillos a mano para tirarle.

Superada la firma. Julieta tenía que preparar el último final de su carrera, por lo que tuvo unos diez días de reclusión voluntaria y enemiga de la salud física y mental, durante la cual ingirió cantidades industriales de mate y de textos sobre los incas. Esos diez días, a su vez, fueron los que yo usé, con ayuda de prácticamente toda mi familia cercana (hermano, hermana, padre y madre) para poner en estado casi todo el departamento. Mi plan era pintar todas las paredes, los cielorrasos, los zócalos, los marcos de los ventanales del living y las puertas, todo de blanco. Aproveché el fin de semana largo de carnaval, en el que fui todos los días, y el fin de semana siguiente. Mi cabeza estaba escindida en dos partes, una en Colegiales y otra en el resto de mi vida. Los cielorrasos del lavadero, la cocina y el distribuidor fueron el trabajo más duro. La pintura anterior era de muy mala calidad, y se descascaraba y caía. Rasqueteé con una espátula, lijé, pasé enduido, fijador, y tres manos de pintura a cada uno. Al distribuidor, para mi gusto, le falta una mano. También estarían faltando algunos otros detalles, pero tenemos los rodillos y la pintura en casa, así que en cualquier momento se puede dar.

Por fin, el lunes después de esos dos fines de semana Julieta rindió su final de Antropología Sistemática III, y salió de su reclusión. El resto de la semana estuvo yendo todas las tardes, mientras yo estaba en mis trabajos (hasta ese momento tenía dos trabajos), a terminar de pintar algunos marcos de puertas, ventanas, y zócalos.

Además de todo esto, estuvieron las despedidas. No sólo de mis padres y de mi gata Greta, sino también de un trabajo. Hasta el día de la mudanza yo tenía dos trabajos, como dije antes: auxiliar en la escribanía de Antonio (el que mantengo) y boletero en Tickets Bs. As. El último había empezado en mayo de 2013, como manera de juntar un poco de plata para viajar a Japón. A la vuelta, me habían ofrecido el mismo trabajo a tiempo parcial, y lo había tomado mientras encontraba otra cosa. Encontrar otra cosa ya había sucedido, por lo que fue el momento, sincronizado exactamente, de dejarlo.

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Entonces, últimos días. Embalar todas las pertenencias no fue tan difícil como parecía antes de hacerlo. Fueron muchas cajas que consistían en un 50% de libros y otro 50% de otras cosas, además de algunos bolsos con ropa. Una mesa muy grande y un cuadro de Pollock gigante fueron los elementos de tamaño, por lo que no fue un evento muy traumático. En el caso de Julieta fue mejor aún: veinte cajas y una cajonera. La contrapartida de todo esto fue, claro, que hasta el día de hoy casi no tenemos muebles.

Me despedí de mis viejos el lunes a las seis de la mañana, cuando salía para encarar la mudanza de Julieta (la mía había sido el sábado) y ya para quedarme en mi nuevo hogar. Hubo sensaciones mixtas, entre vértigo, melancolía, entusiasmo, ansiedad, y otras mezclas de ese estilo. Pero finalmente todo cerró, de alguna manera, y me encontré un lunes a la noche volviendo del trabajo a mi departamento en Colegiales, donde mi chica preparaba la comida. Hace cuatro días. Y ahí empezó toda una historia nueva. La de cómo esperamos la heladera y la internet, la de cómo viajar de Colegiales a Barracas, la de cómo lidiar con las cuentas nuevas, los arreglos de las cortinas, la instalación del lavarropas, el vivir entre cajas mientras las vamos desembalando, elegir un sillón, hacer las compras todos los días, llevar cuenta de todos los gastos, llegar a fin de mes, y escribir un blog al respecto. Eso sería lo que está por venir.

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