Acá y ahora

Los últimos cinco días los pasé en San Pablo, Brasil, en donde me encontré a Julieta, que está haciendo un intercambio en UNICAMP.

No sabía muy bien qué esperar de la ciudad, tenía muy pocas referencias y apenas había visto algunas fotos. Además, estaba en otra cosa (en muchas cosas), y pensaba más en el reencuentro y en salir de la ciudad que en el lugar al que iba. Cuando llegué no pude mantener esa frialdad en el juicio.

San Pablo es una bestia gigantesca que vive en el centro de Sudamérica, llevándose a todo por delante. Tal vez todavía no puedo armar un concepto completo de la superficie, pero lo primero que vi (y lo que más abiertamente me mostró la ciudad) estaba por debajo de ella. El Metrô de la ciudad es varias veces el de Buenos Aires, en muchos sentidos. Estaciones de concreto, industriales, como si a los constructores no les hubiera importado nada más que el servicio en sí mismo, el caudal de gente, el fluir de la sangre urbana. Tres pisos, escaleras mecánicas veloces, combinaciones ridículamente pobladas, frecuencia altísima, Blade Runner. La estructura importa más que cualquier otra cosa, y pareciera que todo es estructura.

Arriba las cosas son más ambiguas. Es el lugar de lo posible, es el lugar donde pasan las cosas, y siempre doblando la esquina, bajando o subiendo, parece probable encontrar cualquier cosa. Tal vez una estadía más larga haga lo potencial concreto, como las estaciones gigantes, y desnude un poco más a la ciudad, por ahora críptica. Pero lo que es seguro es que San Pablo, a diferencia de otras ciudades es, sin dudas, ahora.

San Pablo

Historias mínimas

Las Acacias (2011), Pablo Giorgelli.

Existe un tipo de películas argentinas que ya puede considerarse clásico. Es el de las historias mínimas, los personajes callados, el estudio, un poco, de las clases medio-bajas, desde un tono solemne y sencillo a la vez. De hecho, durante la proyección de esta película de la cual no sabía nada, me pregunté (y le pregunté a mi acompañante) si la había dirigido Carlos Sorín, que es el mejor exponente de este género nacional. La respuesta es negativa, pero por razones obvias lo contrario no me hubiera sorprendido.

Teniendo eso en cuenta, el planteo argumental me pareció algo obsoleto. Un argumento que probablemente tenía todo el sentido en el año 2003, pero que ahora parece, simplemente, demasiado hecho como para insistir sin aportar mucho al respecto. Tal vez se aporta desde un final casi “feliz”, algo imposible para cualquier película de principios de la década, pero tiendo a pensar que más bien, esta película da la sensación de ya haber sido vista.

Igualmente, puedo remarcar que, dentro de sus limitaciones auto-impuestas, está perfectamente construida, y los personajes son sólidos, divertidos, y orgánicos, cosa que nunca viene mal. Por otro lado, los silencios prolongados están en el límite de lo aceptable, jugando con el riesgo de hacerse tediosos pero sin llegar nunca a eso, cosa que considero otro mérito. Es una película tranquila, apacible, para contemplar más que para mirar, como el paisaje que los dos personajes, más el bebé y el perro, contemplan tranquilos mientras esperan (escena particularmente lograda, que me queda más marcada que cualquier otra).

Supongo que el hecho de que la búsqueda de una película sea la simpleza, el disfrute y la contemplación, después de todo, no está nada mal. Se corre un riesgo, sí, el de la mediocridad, pero por ahora, parece esquivarse eficazmente.

Leave the gun, take the cannoli

The Godfather (1972, restaurada 2011).

Si fuera de los que hacen podios, claramente El Padrino estaría en mi podio de mejor cine de la historia. Además, con la relación personal que desarrollé a lo largo del tiempo con ella (que incluye épocas de verla reiteradas veces de una manera compulsiva) era imposible que, al re estrenarse en cine, no fuera a verla. Creo sinceramente que es una experiencia que todo ser humano occidental tiene que vivir.

Primero, algo sobre la restauración. Simplemente no me pareció tal. El sonido es notoriamente bueno, pero en cuanto a imagen, probablemente no sea ni superior ni igual a la de 35mm estrenada originalmente. De hecho, creo que un reestreno en el formato original hubiese rendido más frutos a nivel estético (aunque, obviamente, hubiese sido mucho más caro). Pero realmente no sabía que restauración es simplemente el pasaje de 35mm a digital con la menor pérdida posible de calidad. Creía que incluía algo de mejoría, de crecimiento en la calidad y no de simplemente intentar no perderla. Pero una vez acostumbrado a la textura no del todo feliz que el pasaje le generó, me reencontré con la gran obra que es esta película.

Ver un clásico tan instalado en el imaginario popular, en el propio, al punto tal que es parte misma de la cultura y, en muchos casos, de nuestra manera de hablar (al menos de la mía), es una experiencia extraña. Por rídiculo que parezca, uno se siente en familia. Y no sólo por conocer a los personajes y a gran parte de sus líneas de diálogos, sino porque la película misma aborda ese tema como ninguna otra. Hay dos escenas particulares al respecto. La primera, durante la fiesta de casamiento de Connie Corleone, el momento en que la esposa de Vito canta, y luego la sucede un anciano de la familia. Es una imposibilidad propia y personal entender cómo detrás de cámaras, en ese momento, puede haber estado alguien tan inepto y mediocre como Francis Ford Coppola (y me rehúso a ponerlo, en el encabezado, junto al nombre de la obra), pero así fue, y sin embargo esa escena transmite una evocación a la niñez y a los padres, a los abuelos, de una manera que nunca vi.

La segunda escena es la anterior a la muerte de Vito Corleone, y es una conversación entre padre e hijo. Nuevamente, en lo que es una declaración de principios de Corleone, se llega a lo que toda escena en cine debiera ser, desde dos actores que nunca igualaron ese momento en sus carreras.

Suena obvio decir que la película habla magistralmente de las relaciones familiares, pero a mí no dejan de sorprenderme los detalles, la sutileza con la que se llega a tratar esas relaciones, al punto tal de generar una obsesión visual con verla una y otra vez, como intentando encontrar dónde es que está esa genialidad. Y esa verla una y otra vez me hace sentir, en cada oportunidad, encontrándome conmigo mismo. No me quejaría si se decidiera una exposición permanente, y probablemente, acudiría todos los meses.

Liga de Go de Buenos Aires

Los jugadores de go tienen necesidades. Como con cualquier deporte, una de ellas es la competencia. La competencia es útil en muchos sentidos. Por un lado, da una excusa para obligarse a uno mismo a jugar de la mejor manera posible. Teóricamente, un jugador o deportista siempre debería hacer esto, pero la verdad demostrada es que no es así. Habiendo un premio al final del camino (que bien podría no ser material, sino simplemente el reconocimiento que implican los primeros puestos), el esfuerzo generado tiende a ser mayor. Por otro lado, la ceremonia que implica la partida competitiva (el reloj, la notación del resultado, la partida previamente arreglada, etc.), le agrega seriedad e interés al juego, y su uso reiterado es una práctica y experiencia invaluable a la hora de jugar por objetivos grandes. En comparación, las partidas amistosas de sábado por la tarde, una tras otra y con la única motivación del entretenimiento que el juego genera (que por otro lado, no es despreciable), parecen algo pobres, en especial para jugadores con aspiraciones en el juego.

Hace poco más de un mes organicé la Liga de Go de Buenos Aires en la Asociación Argentina de Go. Es un intento de sacar de su embotamiento al club porteño, que parece estancado hace bastante tiempo. El pronóstico, para las autoridades y una buena parte de la gente, era malo, no obstante la cual en pocos días contábamos con unos quince inscritos. Actualmente hay 20 jugadores activos, premios sustanciosos para los primeros puestos, y 60 partidas jugadas en poco más de un mes. Una liga estable parece posible. Si a esto se le suman algunos torneos más durante el año, algún taller y otras actividades, el asunto se estaría pareciendo más a una Asociación Argentina de Go. Por ahora, estoy satisfecho.

Bucólico

Algunos días en un campo, cerca de Gobernador Castro (Buenos Aires). El pueblo no debe tener más de ocho o diez manzanas. Diría que es más chico que Mechita, cosa que en su momento parecía imposible. También es mucho más rural, ya que está rodeado casi del todo por campos cultivados. Casi todas las calles son de tierra, y casi todos los terrenos son casi campos. Hay una vía de tren que lo cruza por la mitad, y en la plaza central (aledaña a dicha vía) preparaban una fiesta popular.

El que visitamos no está, en la actualidad, cultivado. Tiene algunas hectáreas de extensión, vacías y a la espera de alguien que las arrende, habitadas por un buen número de perros de lo más amigables, algunas gallinas y un par de gatos. Dos caseros, Irma y Alejandro, se encargan de cuidar el lugar y pueden hacer de todo. Alejandro, un hombre de más de setenta años, nariz roja y acento casi incomprensible, improvisa duchas al exterior, hornos de barro y ventiladores. Anda en una pequeña moto estilo Lambretta de acá para allá, y cultiva ajíes en maceteros de madera.  Irma cocina, da consejos, recibe amigos y te manipula psicológicamente para que te lleves la cría de sus gatos. Ambos, muy buena gente.

El tiempo pasa caminando, jugando al go o al rummi (nuevo descubrimiento, que me sorprendió con un estilo de visualización de secuencias similar al go), cocinando mucho, desde asados hasta pizzas, pasando por el obligado salamín con pan y queso. Hablando de física cuántica al son de estrellas fugaces (como nunca las vi), y relajando los ojos y la espalda en varios días sin computadoras ni pantallas. Y tomando mate, claro.

Las ciudades y los muertos

Buenos Aires eterna (2010), Sergio Carrera.

Faltan muchas cosas que exploten Buenos Aires. Faltan películas que muestren ese “qué sé yo”, habitadas por personajes bien locales, tal vez al estilo Medianeras. Faltan libros urbanos. Faltan historietas porteñas. Creo que esta ciudad es un lugar con tanto, que es un potencial desperdiciado constantemente. Pareciera que Sergio Carrera piensa lo mismo, y desde su puño y letra (y línea) decidió actuar.

Buenos Aires eterna es un relato místico porteño, una especie de Hellblazer borgiano en blanco y negro, breve, conciso, redondo. Leerla en un colectivo (como lo hice) es atravesar los lugares de la obra en dos sentidos, física y mentalmente. Porque algo que tiene esta historieta, un pequeño juego inevitable, es el ir descubriendo los lugares en los que transcurre la acción. “Mmm, eso parece ser diagonal norte” o “¿dónde vi ese puesto de flores?”. Es una actividad bastante divertida y hace parte de lo extrañamente familiar de la historia. Uno se pone a pensar si los personajes no existirán efectivamente ahí entre la gente, caminando por la calle. O volando y saltando entre los edificios (que realmente, desde lo visual, llaman a eso). Al menos, parece totalmente posible.

Otra parte de generar un clima tan claro y logrado, familiar pero también propio, es el dibujo. No exagero si digo que es excelente, con influencias muy marcadas de Frank Miller y, por qué no, de la historieta más clásica (tal vez un Altuna no se difícil de encontrar en estas páginas). Negros y blancos, sin ningún punto medio, y un buen uso de los fondos (y de la falta de ellos).

No obstante, el guión deja un poco que desear, y no sólo por su idea del viaje entre planos de muertos y vivos, tal vez un poco demasiado vista (aunque con variaciones más que bienvenidas). Hay algo de cansancio en su cantidad de páginas, de hacer las que están y no poder más. Hay algo también de recopilación, juntar de una manera algo repetitiva demasiadas historias similares (las muertes) y perder un poco el arco argumental de la trama principal. En ese sentido, me parece que faltan páginas, falta desarrollo de personajes, falta exploración, y compromiso tal vez, con meterse de lleno en este plano.

Diminutos

Andreas Gursky trata el cuerpo. Esta afirmación puede parecer falsa ante la visión de alguna de sus fotografías. Por el contrario, me parece evidente. No expone su cuerpo ni otros cuerpos de manera explícita, morbosa, como sí lo hacen otros contemporáneos. Expone los cuerpos como concepto y textura. Explora el cuerpo humano como parte de naturalezas mucho más grandes, quitándole su cualidad de único y especial, haciéndolo profano, parte del paisaje. Así se hace claro cómo trata el cuerpo. Fotografía los lugares que el cuerpo habita, su relación con ellos, la cualidad del mismo como componente de un organismo muy superior y mucho más amplio, que es el mundo. De esta manera, poniendo de relieve las relaciones de los cuerpos entre sí y con sus entornos, no hace otra cosa que hablar del mundo como un gran cuerpo o mecanismo.

Por otro lado, Gursky destruye la noción de individuo. Las personas no existen, sino que son partes de escenarios mucho más grandes (equipos de fútbol, supermercados, bolsas de comercio, sociedades en general), como elementos de maquetas realistas (al más puro estilo Jake y Dinos Chapman). Una obra particularmente característica de este último aspecto es EM Arena, Amsterdam II, en la cual se ve desde un punto de vista cenital un campo de fútbol en el momento en que comienza un tiempo. Lo que predomina en la imagen es cromático: rojo y blanco para los equipos, negro y amarillo el árbitro, y verde el campo. Los jugadores están, pero como parte de su cuerpo mayor, el equipo, a su vez parte del relato general, el partido de fútbol.

En sus exposiciones, una de las cuales estuvo en Buenos Aires hace pocos años, las obras se exponen en tamaños murales, para ser vistas a la distancia y hacer indistinguible a las formas minúsculas que las conforman. Lo que le importa a Gursky es la forma general, los colores, el todo. Todo lo demás, son pequeños componentes.

EM Arena, Amsterdam II, 2000, c-print, 275 x 205 cm