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Acá y ahora

Los últimos cinco días los pasé en San Pablo, Brasil, en donde me encontré a Julieta, que está haciendo un intercambio en UNICAMP.

No sabía muy bien qué esperar de la ciudad, tenía muy pocas referencias y apenas había visto algunas fotos. Además, estaba en otra cosa (en muchas cosas), y pensaba más en el reencuentro y en salir de la ciudad que en el lugar al que iba. Cuando llegué no pude mantener esa frialdad en el juicio.

San Pablo es una bestia gigantesca que vive en el centro de Sudamérica, llevándose a todo por delante. Tal vez todavía no puedo armar un concepto completo de la superficie, pero lo primero que vi (y lo que más abiertamente me mostró la ciudad) estaba por debajo de ella. El Metrô de la ciudad es varias veces el de Buenos Aires, en muchos sentidos. Estaciones de concreto, industriales, como si a los constructores no les hubiera importado nada más que el servicio en sí mismo, el caudal de gente, el fluir de la sangre urbana. Tres pisos, escaleras mecánicas veloces, combinaciones ridículamente pobladas, frecuencia altísima, Blade Runner. La estructura importa más que cualquier otra cosa, y pareciera que todo es estructura.

Arriba las cosas son más ambiguas. Es el lugar de lo posible, es el lugar donde pasan las cosas, y siempre doblando la esquina, bajando o subiendo, parece probable encontrar cualquier cosa. Tal vez una estadía más larga haga lo potencial concreto, como las estaciones gigantes, y desnude un poco más a la ciudad, por ahora críptica. Pero lo que es seguro es que San Pablo, a diferencia de otras ciudades es, sin dudas, ahora.

San Pablo