cine

Plan perfecto

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Leaving Las Vegas (1995), Mike Figgis.

¿Have you ever had the feeling that the world’s gone and left you behind?

Sting

Finalmente saldé mi cuenta pendiente con Leaving Las Vegas, película de la que había oído hablar hasta el cansancio, pero a la cual nunca le había dedicado atención. Y creo que todo lo que había oído al respecto se queda muy corto.

No me parece exagerado decir que esta película es una genialidad, en todos los sentidos. Tanto Nicolas Cage como Elisabeth Shue hacen un trabajo como nunca más vi de ellos, con una química espectacular y un amor completamente orgánico. La construcción de personaje de Cage, por otro lado, es simplemente perfecta, sin vueltas ni explicaciones, ni intentos forzados de verosimilitud.

Más allá de los increíbles logros actorales, lo genial de la película radica en lo bien escrito del guión. Se trata de una trama de caída, que consiste en un camino de autodestrucción muy claramente definido desde el principio por el personaje de Cage. Decide ir a Las Vegas a tomar hasta morir. Ahí conoce a Sera, una prostituta que se enamora casi instantáneamente de él (y él de ella), pero lo acepta exactamente como es: un ser en vías de destrucción. Y ahí está la magia: no hay ningún tipo de intento de evitar el proceso que desencadena Ben (Cage) ni ninguna esperanza de hacerlo, ni para los espectadores ni para los personajes. Son lo que son mientras duren, y no importa ni por qué (Ben ni siquiera recuerda por qué quiere hacer lo que está haciendo).

Por lo dicho, la película es ni más ni menos que un proceso, planeado con cierta meticulosidad (Ben tiene calculado cuánto va a durar, cómo va a gastar la plata, etc.), en el cual todo es predecible, y por lo tanto completamente trágico. Las cosas suceden como se dijo que van a suceder, y no hay nada que se pueda hacer al respecto. Hay algo perfecto, completo, y del todo satisfactorio en lo que hacen, y los personajes lo entienden, cristalizado en su último diálogo: – ¿Do you want my help?, -No, I just wanted to see you. 

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De libro


Searching for Bobby Fischer 
(1993), Steven Zaillian.

Buscando referencias de películas sobre jugadores de ajedrez, Searching for Bobby Fischer resultó un título omnipresente. Anteriormente había oído hablar de esta película, de parte de un jugador de go entusiasmado con el personaje de Josh Waitzkin, basado en el real Waitzkin, un niño prodigio del ajedrez que, luego de abandonar se carrera en el juego, se dedicó a las artes marciales y a escribir sobre aprendizaje y crecimiento intelectual. Lo que no sabía de la película era su alta popularidad.

En líneas generales, como muchas otras películas del estilo, Searching for Bobby Fischer funciona en una clásica estructura de historia deportiva, fundamentalmente de boxeo. El personaje sobresale notablemente desde sus inicios (tal vez demasiado notablemente, para mi gusto), se transforma en un jugador sin parangón, atraviesa una crisis, la supera, y le gana a su mayor rival. En este sentido, se trata de un argumento simple, algo básico y más bien chato (esto está perfectamente encarnado en el personaje del rival de Josh, un robótico niño con absolutamente nula profundidad).

Por otro lado,  no puedo dejar de sentir una cierta falta de respeto por los jugadores de ajedrez, en tanto y en cuanto el juego es visto como una actividad en la cual los prodigios triunfan, y el estudio y trabajo duro no tienen la menor injerencia en ese resultado. Es una creencia lamentablemente habitual para este tipo de actividades.

En líneas generales, la película cae en la extrema simpleza, y la historia de básica y poco elaborada. Hay un cierto descuido evidente, una falta de búsqueda y una apelación a fórmulas que den resultado, ya presentes desde el concepto mismo de historia de niño prodigio. Una oportunidad perdida más de  llevar al cine un mundo tan particular como el de los deportes mentales.

Incompleto

Crash (1996), David Cronenberg.

Va a ser imposible, y por otro lado indeseable, ocultar mi decepción, así que mejor enunciarla desde un principio. Crash no llegó a mis expectativas, después de algunos años de posponer su visionado. Un grupo de personas sienten una atracción sexual por la experiencia cercana a la muerte que son los accidentes automovilísticos, y la búsqueda de esa experiencia se convierte en la prioridad de sus vidas.

La idea, viniendo de Cronenberg, me pareció potencialmente espectacular. Pero una vez inmerso en la misma, no pude dejar de sentir un dejo de falta, de algo incompleto. Esperaba, tal vez por mi necesidad de encontrarla, una progresión clara, algo así como el descenso al infierno que es Dead Ringers, pero encontré casi una sucesión repetitiva de morbosidad sin crecimiento.

Hay Cronenberg por todos lados, y el máximo exponente de esto es el emparchado personaje de Rosanna Arquette, digna de una película de terror ochentosa. Pero se trata de un Cronenberg saturado, trasnochado, llegado a su propio límite. Y la película se mantiene ahí, en el máximo, constantemente y de principio a fin. En este sentido, hay un cierto gusto, y no necesariamente por las numerosas y heterogéneas escenas de sexo, a pornografía.

Y sin embargo, a pesar de esta incómoda falta de este vacío plano, hay algo en la película que me convence, que me satisface no muy claramente. Ballard dice: It’s very… satisfying. I’m not sure I understand why. Hay algo de eso, y creo que tiene que ver con lo siguiente: Crash es genuina, es obsesiva, y todo lo que hace lo hace exactamente.

Historias mínimas

Las Acacias (2011), Pablo Giorgelli.

Existe un tipo de películas argentinas que ya puede considerarse clásico. Es el de las historias mínimas, los personajes callados, el estudio, un poco, de las clases medio-bajas, desde un tono solemne y sencillo a la vez. De hecho, durante la proyección de esta película de la cual no sabía nada, me pregunté (y le pregunté a mi acompañante) si la había dirigido Carlos Sorín, que es el mejor exponente de este género nacional. La respuesta es negativa, pero por razones obvias lo contrario no me hubiera sorprendido.

Teniendo eso en cuenta, el planteo argumental me pareció algo obsoleto. Un argumento que probablemente tenía todo el sentido en el año 2003, pero que ahora parece, simplemente, demasiado hecho como para insistir sin aportar mucho al respecto. Tal vez se aporta desde un final casi “feliz”, algo imposible para cualquier película de principios de la década, pero tiendo a pensar que más bien, esta película da la sensación de ya haber sido vista.

Igualmente, puedo remarcar que, dentro de sus limitaciones auto-impuestas, está perfectamente construida, y los personajes son sólidos, divertidos, y orgánicos, cosa que nunca viene mal. Por otro lado, los silencios prolongados están en el límite de lo aceptable, jugando con el riesgo de hacerse tediosos pero sin llegar nunca a eso, cosa que considero otro mérito. Es una película tranquila, apacible, para contemplar más que para mirar, como el paisaje que los dos personajes, más el bebé y el perro, contemplan tranquilos mientras esperan (escena particularmente lograda, que me queda más marcada que cualquier otra).

Supongo que el hecho de que la búsqueda de una película sea la simpleza, el disfrute y la contemplación, después de todo, no está nada mal. Se corre un riesgo, sí, el de la mediocridad, pero por ahora, parece esquivarse eficazmente.

Leave the gun, take the cannoli

The Godfather (1972, restaurada 2011).

Si fuera de los que hacen podios, claramente El Padrino estaría en mi podio de mejor cine de la historia. Además, con la relación personal que desarrollé a lo largo del tiempo con ella (que incluye épocas de verla reiteradas veces de una manera compulsiva) era imposible que, al re estrenarse en cine, no fuera a verla. Creo sinceramente que es una experiencia que todo ser humano occidental tiene que vivir.

Primero, algo sobre la restauración. Simplemente no me pareció tal. El sonido es notoriamente bueno, pero en cuanto a imagen, probablemente no sea ni superior ni igual a la de 35mm estrenada originalmente. De hecho, creo que un reestreno en el formato original hubiese rendido más frutos a nivel estético (aunque, obviamente, hubiese sido mucho más caro). Pero realmente no sabía que restauración es simplemente el pasaje de 35mm a digital con la menor pérdida posible de calidad. Creía que incluía algo de mejoría, de crecimiento en la calidad y no de simplemente intentar no perderla. Pero una vez acostumbrado a la textura no del todo feliz que el pasaje le generó, me reencontré con la gran obra que es esta película.

Ver un clásico tan instalado en el imaginario popular, en el propio, al punto tal que es parte misma de la cultura y, en muchos casos, de nuestra manera de hablar (al menos de la mía), es una experiencia extraña. Por rídiculo que parezca, uno se siente en familia. Y no sólo por conocer a los personajes y a gran parte de sus líneas de diálogos, sino porque la película misma aborda ese tema como ninguna otra. Hay dos escenas particulares al respecto. La primera, durante la fiesta de casamiento de Connie Corleone, el momento en que la esposa de Vito canta, y luego la sucede un anciano de la familia. Es una imposibilidad propia y personal entender cómo detrás de cámaras, en ese momento, puede haber estado alguien tan inepto y mediocre como Francis Ford Coppola (y me rehúso a ponerlo, en el encabezado, junto al nombre de la obra), pero así fue, y sin embargo esa escena transmite una evocación a la niñez y a los padres, a los abuelos, de una manera que nunca vi.

La segunda escena es la anterior a la muerte de Vito Corleone, y es una conversación entre padre e hijo. Nuevamente, en lo que es una declaración de principios de Corleone, se llega a lo que toda escena en cine debiera ser, desde dos actores que nunca igualaron ese momento en sus carreras.

Suena obvio decir que la película habla magistralmente de las relaciones familiares, pero a mí no dejan de sorprenderme los detalles, la sutileza con la que se llega a tratar esas relaciones, al punto tal de generar una obsesión visual con verla una y otra vez, como intentando encontrar dónde es que está esa genialidad. Y esa verla una y otra vez me hace sentir, en cada oportunidad, encontrándome conmigo mismo. No me quejaría si se decidiera una exposición permanente, y probablemente, acudiría todos los meses.

Lo siniestro

La piel que habito (2011), Pedro Almodóvar.

A continuación se revelan detalles de la trama.

Simplemente, no sabía que esperar. Primero, porque había ido al cine antes de elegir la película de la noche. Y segundo, porque por el afiche y el trailer, esta parecía una de espías o de ladrones furtivos, al estilo Sean Connery y Catherine Zeta-Jones (Entrapment, 1999). Además, Elena Anaya me hace acordar a Natalie Portman (al menos en el estilo visual que utilizó esta vez), por lo que tenía los pensamientos claramente perdidos, y entré a la sala como quien se pasa en el colectivo por distraerse en la lectura (o en los tsumego).

De pronto estaba adentro, y La piel que habito es, para cualquier espectador desprevenido, un baldazo de agua fría. De un momento a otro pasé a un mundo no sólo bizarro, sino retorcido y siniestro. Porque si lo siniestro es el espanto en lo familiar, de eso es de lo que estamos hablando acá, y en dos sentidos. Por un lado, el obvio, es decir la transformación del cuerpo. El personaje de Vicente/Vera, encontrándose en una operación de cambio de sexo contra su voluntad, no puede siquiera reaccionar, y de las consecuencias de este proceso de transformación hace su argumento la película. Por otro lado, en el mundo diegético de la película misma, que desde el principio está planteado en un límite impreciso entre el verosímil cotidiano clásico de Almodóvar, y lo abyecto de un violador brasilero vestido de tigre para un carnaval. De alguna manera que sólo este director logra, nos encontramos cómodos en ese mundo, y a la vez lo sentimos profundamente espantoso.

Respecto al primer caso, veo muy clara la relación con The Invasion of the Body Snatchers (1956), esa genialidad de la ciencia ficción apocalíptica de los años 50. Pero me llama la atención lo antagónico de la relación. En esta, el cuerpo permanece igual, y lo que cambia es el interior, el ser que lo habita. En la actual, inversamente y como el título indica, es el cuerpo el que cambia, como habitáculo artificial del ser que vive en él. Y esto último es aún más oscuro que lo primero. Al salir de la sala, una sola palabra alcanza: perturbador.

Coyunturas

El maestro de go (吴清源, 2006), Tian Zhuangzhuang.

En la búsqueda de motivación (porque por momentos, uno la pierde), se suele pasar por varias etapas. Una de ellas, básica, es la de las películas. Esto funciona para cualquier ámbito de la vida. Cuando a uno le está faltando impulso, inspiración, o se siente estancado en cualquier actividad, es un intento común el ver una película sobre dicha actividad. En este caso, encontré una biográfica sobre Go Seigen, uno de los mejores jugadores de go de la historia.

Antes que nada, una aclaración. Me llamó la atención que la traducción del título de la obra fuera el mismo que la novela de Kawabata. El título original de la película es el nombre en chino de Go Seigen (Wu Qingyuan, ya que la nacionalidad del jugador era esa), por lo que los títulos iguales del libro y la película son simplemente fruto de los traductores.

No voy a ocultar que esperaba una clásica película de camino del héroe, una trama de cómo Go Seigen atravesó su carrera profesional hasta la actualidad, con los difíciles obstáculos que se le interpusieron en el camino. Lo que encontré, por el contrario, fue una reflexión mística sobre un hombre del que, en realidad, casi nada se termina de decir. Supongo que hay algo de mostrar lo críptico de una mente tan brillante, y me parece que harían falta una o dos revisiones para terminar de formar un juicio al respecto.

La película se centra, más que nada, en los años treinta, planteando dos conflictos de la coyuntura de los años más famosos del jugador: la Segunda Guerra Sino-Japonesa (tratada mediante el conflicto de identidad china y japonesa de Seigen), y la Segunda Guerra Mundial, con una escena particularmente buena sobre el Juego de la Bomba Atómica de 1945. Además, se dedica una buena parte del tiempo a cierta etapa religiosa de Seigen, durante la cual participó en una secta que terminó abandonando.

Argumentalmente, la película se plantea extraña, con un manejo de los tiempos poco tradicional y hasta confuso, y una visión del go en extremo monacal. No deja de ser divertido, no obstante, ver interactuar a personajes Kitani Minoru, Segoe Kensaku, y hasta Yasunari Kawabata, con el protagonista. Finalmente, no sé si en efecto resultó inspiradora, pero sí puedo decir que, como mínimo, merece ser vista una vez más.

Pd.: particularmente simpática es la escena inicial, en la que están el verdadero Go Seigen y su mujer en la actualidad, conversando con los actores que los interpretan en la película.