el uso del tiempo

Interludios

Ayer viernes, mi equipo “Antes, muerto” y yo tuvimos la tercera jornada de rodaje del documental que estamos grabando. Tenemos un subsidio del Fondo Nacional de las Artes, lo que constituye básicamente el motor motivacional y económico del proyecto, sin el cual la cosa podría perderse y difuminarse entre cuestiones administrativas, dificultades de locaciones, desencuentros con los objetos documentados, etc.

Es un mediometraje del cual extrañamente, por una conjunción de situaciones del destino, soy el productor, rol que tomé durante la previa, con esa libertad que le da a uno no saber si la obra se va a realizar o no, ya que depende de otro (de un concurso, básicamente). Pero una vez sabido, empezamos, y ahora la vida y la coyuntura nos llevó a todos a estar aproximadamente a mitad de rodaje, tal vez de una manera más natural y fluida de la que hubiéramos imaginado.

En mi vida, funciona como una especie de intervención, una actividad que está siempre en algún lugar, en el teléfono o en la agenda, o en charlas con desconocidos para pedirles cosas, y los días de rodaje son reencuentros con el pequeño equipo (dos directores, un director de fotografía, un sonidista, y un asistente que varía en cada jornada), una vez cada tanto; días que poca conexión tienen con el resto de las cosas. Y teniendo en cuenta lo alejado que últimamente estoy del mundo de los rodajes (experiencias, tal vez traumáticas en cualquiera de los muchos sentidos del término, me alejaron hacia el mundo de la escritura en sus variantes, casi con exclusividad, al menos por ahora), puedo decir que aunque por momentos pese, es útil como interludio ocasional, como posibilidad de crear desde otro lugar, y como ejercicio de trabajo grupal, que tal vez (probablemente) nunca deba estar completamente extinto.

Foto: Tatiana Mazú

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En busca del tiempo perdido

Tengo un trastorno de sueño, debo admitirlo aunque cueste. No puedo dormirme temprano y no puedo levantarme temprano, por mucho que lo intente. Todas las noches la misma historia: “mañana me levanto a las nueve, aunque ahora me acueste a cualquier hora, tengo que aprovechar el día, y después con el cansancio de haber dormido poco voy a poder acostarme temprano”. Ese plan, aparentemente perfecto, es una mentira enorme. Al menos para mí, porque me resulta en extremo difícil levantarme a la hora propuesta (sin importar qué cantidad de despertadores utilice). Y si lo llego a hacer, no importa qué tan cansado esté esa noche, igual prolongo el tiempo antes de dormir más de lo deseable.

Hace pocos días tuve un rodaje que me obligó a no dormir. Recién a la tarde pude acostarme algunas horas (tres o cuatr0), lo que constituyó mi total de sueño en  dos días, y sin embargo esa noche, contra todo pronóstico, me quedé hasta las dos jugando al go, leyendo blogs, etc. Claramente es un problema que requiere solución urgente, si pretendo usar mis días de manera útil.

Y veo que el tiempo nunca alcanza. Ahora que no estoy cursando, momento del año que uno tiende a idealizar (“cuando termine de cursar voy a…” + infinitos planes que ridículamente sobreestiman el tiempo libre de no cursar), tengo cosas para hacer casi todo el tiempo, y las largas horas en mi casa destinadas al estudio y la contemplación existen en una cantidad muchísimo menor a la imaginada.

No sé cómo inventar tiempo ni como regular el sueño. Tal vez espero demasiado de la vida. Pero la idea de que alcance sólo para un par de cosas me molesta terriblemente. Así que trato de maximizar todos los mínimos segundos que tengo en cada día. Si alguien tiene alguna idea, le ruego me la transmita.

Las abuelas y sus vidas

En los últimos cinco días visité a mis dos abuelas, cada una por su lado. La italiana (de nacimiento, de infancia y de familia), y la argentina (hija de una italiana y un albanés). Una vive en Quilmes y la otra en Palermo. Una no sale de su casa, y la otra viaja por el mundo.

Cuando visité a mi abuela italiana, me contó cómo una señora inglesa de mucha plata de su barrio, le prestó a su madre (que trabajaba para ella), el dinero que le faltaba para terminar de construir su casa en argentina (a fines de los años treinta), mientras tomábamos té en tazas regaladas por esta misma inglesa, para el casamiento de mi abuela.

Hoy visité a la argentina, y hablamos de cómo mi abuelo abría caminos en la selva del Chaco en los años cincuenta. También me mostró su bandera de Albania, su bufanda de Albania y su gorra de la federación albanesa de fútbol, que le regalaron cuando fue a la cancha a ver Argentina-Albania, hace más o menos un mes.

Visitar a mis abuelas es una experiencia, si bien no poco común, particular. Me retrotrae en el tiempo (como supongo les sucede a todos, para eso están los abuelos) y me hace imaginarlas a ellas (y a sus maridos, de los cuales a uno no conocí, y al otro nunca después de la infancia), en su juventud. Particularmente con mi abuelo materno (marido de la argentina), me sucede algo particular. Es inspirador de una manera extraña, imaginarlo joven, en los años cincuenta, en el Chaco. O ver sus fotos en París en el ’59.

Hablar con los abuelos es una especie de sentar las bases, de poner los pies un poco más en la tierra y tomar perspectiva histórica de la vida. Las épocas de las películas o los textos o la imaginación se transforman en hechos concretos vividos por seres cercanos, y eso ejerce casi invariablemente una fascinación. Todos somos pasado, por lo que hablar con un abuelo es entender un poco más de la vida y de la duración humana, de sentir las vivencias que uno está teniendo, o que va a tener, desde otro lugar.

Y de alguna manera, cada vez que pasa, me da lástima que sean tan, invariablemente, lejanos. Pareciera que el pasado se forma de anécdotas, y uno al construir las propias, espera estar a la altura de las que escucha de ellos.

El uso del tiempo

Terminar la carrera fue, alguna vez, eso: una carrera. Hace ya años corría contra mí mismo y contra el mundo, como si el tiempo se escurriera de mis manos y tuviera un plazo máximo para hacerlo. Mi horizonte era clarísimo, qué envidia hacia mí mismo, e iba en una dirección precisa.

Hace tiempo que dejó de serlo, pero no obstante, acá me encuentro llegando al final (si se lo mira con optimismo, claro está) y sin embargo, viéndolo imposible. Se abre la vida ante mí como un libro, y se ven las opciones, los pasos, todos en un caos atemporal: se ven mudanzas, vínculos, luz de colores, plantas. No se ve, extrañamente, ningún trabajo. Entonces, por descarte, por ser lo más incierto, es lo que me pongo a buscar.

¿Qué trabajo puede obtener alguien que está terminando una carrera en guión? Yo no lo sé, porque no lo encuentro. No conozco guionistas, no sé de alguien que efectivamente cobre por escribir algo y tenga menos de cuarenta años. De golpe escribir como oficio parece sacado de un cuento más que de una realidad o un plan de futuro-presente. Y ahí es cuando me doy cuenta de que de golpe, como quien no quiere la cosa, llegué al final, miro hacia adelante, y ya no hay nada. Qué lindo el vértigo.

Así que paso el tiempo en un éter de opciones vagas, sin ocupación fija, y tratando de salir de un extraño pero sin embargo, lejanamente inspirador vacío mental. Como estar sentado en un porche, como apoyarse en un alféizar y mirar qué pasa. Ya que nadie me va a contratar para escribir nada, bien podría hacerlo gratuitamente. Al fin y al cabo, al tiempo hay que usarlo.