miniturismo

Acá y ahora

Los últimos cinco días los pasé en San Pablo, Brasil, en donde me encontré a Julieta, que está haciendo un intercambio en UNICAMP.

No sabía muy bien qué esperar de la ciudad, tenía muy pocas referencias y apenas había visto algunas fotos. Además, estaba en otra cosa (en muchas cosas), y pensaba más en el reencuentro y en salir de la ciudad que en el lugar al que iba. Cuando llegué no pude mantener esa frialdad en el juicio.

San Pablo es una bestia gigantesca que vive en el centro de Sudamérica, llevándose a todo por delante. Tal vez todavía no puedo armar un concepto completo de la superficie, pero lo primero que vi (y lo que más abiertamente me mostró la ciudad) estaba por debajo de ella. El Metrô de la ciudad es varias veces el de Buenos Aires, en muchos sentidos. Estaciones de concreto, industriales, como si a los constructores no les hubiera importado nada más que el servicio en sí mismo, el caudal de gente, el fluir de la sangre urbana. Tres pisos, escaleras mecánicas veloces, combinaciones ridículamente pobladas, frecuencia altísima, Blade Runner. La estructura importa más que cualquier otra cosa, y pareciera que todo es estructura.

Arriba las cosas son más ambiguas. Es el lugar de lo posible, es el lugar donde pasan las cosas, y siempre doblando la esquina, bajando o subiendo, parece probable encontrar cualquier cosa. Tal vez una estadía más larga haga lo potencial concreto, como las estaciones gigantes, y desnude un poco más a la ciudad, por ahora críptica. Pero lo que es seguro es que San Pablo, a diferencia de otras ciudades es, sin dudas, ahora.

San Pablo

Bucólico

Algunos días en un campo, cerca de Gobernador Castro (Buenos Aires). El pueblo no debe tener más de ocho o diez manzanas. Diría que es más chico que Mechita, cosa que en su momento parecía imposible. También es mucho más rural, ya que está rodeado casi del todo por campos cultivados. Casi todas las calles son de tierra, y casi todos los terrenos son casi campos. Hay una vía de tren que lo cruza por la mitad, y en la plaza central (aledaña a dicha vía) preparaban una fiesta popular.

El que visitamos no está, en la actualidad, cultivado. Tiene algunas hectáreas de extensión, vacías y a la espera de alguien que las arrende, habitadas por un buen número de perros de lo más amigables, algunas gallinas y un par de gatos. Dos caseros, Irma y Alejandro, se encargan de cuidar el lugar y pueden hacer de todo. Alejandro, un hombre de más de setenta años, nariz roja y acento casi incomprensible, improvisa duchas al exterior, hornos de barro y ventiladores. Anda en una pequeña moto estilo Lambretta de acá para allá, y cultiva ajíes en maceteros de madera.  Irma cocina, da consejos, recibe amigos y te manipula psicológicamente para que te lleves la cría de sus gatos. Ambos, muy buena gente.

El tiempo pasa caminando, jugando al go o al rummi (nuevo descubrimiento, que me sorprendió con un estilo de visualización de secuencias similar al go), cocinando mucho, desde asados hasta pizzas, pasando por el obligado salamín con pan y queso. Hablando de física cuántica al son de estrellas fugaces (como nunca las vi), y relajando los ojos y la espalda en varios días sin computadoras ni pantallas. Y tomando mate, claro.

Navarro

Para llegar hasta Navarro existen cuatro opciones. Una es ir en auto, y en mi caso particular, no manejo. La segunda es ir en “combi”, mini transportes privados inseguros, incómodos y semi-rápidos, de un precio ridículamente alto para su servicio. Extrañamente, este método es el más popular. La tercer vía es el tren, pero este llega solamente hasta Lobos (cerca de Navarro), y tiene horarios, en la mayoría de las veces, poco cómodos. Por último, la cuarta opción es el colectivo público, línea 136, que desde Primera Junta debe tardar aproximadamente tres horas (en combi son dos o dos y media, y en auto una y media o dos). Opositor como soy (cuando puedo) del transporte privado y de madrugar en exceso, opté por esta última opción, pero por un problema de desinformación, hice la mitad del trayecto en tren y la otra mitad en 136. La pasé bastante bien, pude leer mucho y conocer un poco más de mundo.

En Navarro comí en cantidades, gracias a la familia de mi novia, en almuerzos y cenas bastante grupales y entretenidos. Lo divertido de un pueblo así es que después de dar unas pocas vueltas ya uno cree conocerlos, y la gente del lugar se saluda apenas se ve. Como en Mechita, surge la imaginación de vivir en un lugar así, y queda rápidamente descartada.

Por último, el personaje destacado fue el señor tío y abuelo, jugador amateur medianamente fuerte de ajedrez, con el que se puede tener charlas (o escuchar monólogos) de todos los temas. Entre ellas, mantuvimos con él y su yerno la del deporte y su falta de fomento. El tío y abuelo me comentaba que es imposible vivir en argentina y vivir del ajedrez. También me contó que los clubes decaen y faltan profesores. Hablamos que no se fomenta la competencia ni la difusión, ni del ajedrez ni de ningún deporte (excepto el fútbol), y que la única vía es la privada, o ser un genio. Me sonaba familiar.

El transporte público a Navarro tarda mucho, el tren sale en horarios ridículamente distantes, y llega solo hasta Lobos.

Mechita (2)

Una mañana en Mechita me desperté y me asomé por la ventana de la habitación. Enfrente de la casa, caminando por la calle de tierra, había dos hombres abrigados armados con escopetas, dirigiéndose a los pastizales boscosos que precedían al campo abierto, a media cuadra de nuestra casa. Era un poco como una novela de Hemingway, y un poco como Winter’s Bone (2010), gran película de Debra Granik.

En Mechita hay una calle principal que parece calcada de algún western, con un reloj en la intersección con la ruta que llega al pueblo, un edificio de gobierno y varios almacenes. También da a esa calle el barrio inglés, formado por unas cuantas decenas de casas de ladrillo inglesas, todas iguales, donde vivían los trabajadores del tren.

Ayer visitamos Bragado, en el tren local de un vagón, que en quince minutos hace la distancia que separa los dos pueblos. Y al lado de Mechita, no es difícil admirar el tamaño de este segundo pueblo, bastante más populoso de lo que mis prejuicios indicaban. Dimos unas vueltas y compramos los pasajes para volver, y las dos horas entre el tren que llegó y el tren que salía de vuelta se nos hicieron largas. Supongo que por estos pocos días nos transformamos en mechitenses, y no queríamos estar en otro lugar que en las calles bucólicas del pueblo ferroviario. Ya cualquier lugar es muy grande y bullicioso.

En estos días nos perdimos las tortitas de los sábados de la única panadería. Nos perdimos el museo de los trenes (que realmente queríamos ver) por no poder aguantar el frío, que ya caído el sol, se había hecho insoportable. Nos perdimos el tren de ida, porque descarriló, y nos perdimos el tren de vuelta, porque no nos daba el horario. Pero vivimos el silencio, el sol y el frío, los mates y las películas. Los perros, sus cachorros, las vías, los caballos, los vecinos, y el amor.

Mechita (1)

Acorde a nuestra costumbre, mi novia y yo decidimos hacer un poco de miniturismo de pueblo en este invierno de 2011. Es una actividad relativamente frecuente por estas épocas del año, porque permite hacer un pequeño corte de rutina usando poca plata. Habíamos leído sobre Mechita, y fue un buen factor, para elegirlo, el hecho de que tenía buenos horarios de tren, todos los días.

Ya con los bolsos y todo listo en la estación, nos anunciaron que el tren había descarrilado y no iba a salir.  Y así, de la nada, uno de los fuertes de nuestro destino elegido desapareció en el aire, gracias a la habitual eficacia de nuestro sistema ferroviario. Tomamos el micro desde Retiro, y llegamos algunas horas más tarde de lo esperado. Nos recibió Juan en Bragado (a 10 km de Mechita), el dueño del hospedaje que habíamos alquilado desde Buenos Aires, para traernos. No sabíamos con certeza qué nos esperaba de hospedaje, habiéndolo elegido sin demasiada selección, y viendo por el camino que el lugar al que íbamos, del cual conocíamos poco, era más bien precario.

Por eso fue mayor y más satisfactoria la sorpresa cuando notamos, al llegar, que habíamos alquilado una casa entera para nosotros, con calefacción, living, y cocina, con alacenas llenas y heladera y microondas, y que el dueño que nos la dejaba era tan bueno que, además de llevarnos de la estación a la casa en su auto, nos regalaba empanadas porque pensó que íbamos a llegar con hambre. Un gran hombre, sería la descripción ideal.

Mechita es un pueblo de unos dos mil habitantes, formado alrededor de los talleres del ferrocarril a principios del siglo XX. Por lo que pude ver, solo dos calles son asfaltadas: una avenida central y la ruta que la corta. El resto está constituido por calles de tierra y casas. Contadas almacenes, un restaurant que abre viernes, sábado y domingo, y un museo ferroviario, de fin de semana. La paz y tranquilidad de nuestra casa en este pueblo, para estos porteños acostumbrados al bullicio, no tiene nombre.