música

Alive

Pearl Jam en Argentina (Estadio Único de La Plata, 2011).

Supongo que mucha gente esperó este recital durante años. Seis, precisamente, desde la última y primera vez que la gran banda que es Pearl Jam visitara el país, en dos míticos conciertos en Ferro de los cuales al día de hoy se sigue hablando entre los seguidores. No es mi caso, que redescubrí (después de un intento poco exitoso hace algún tiempo) a estos muchachos de Seattle hace más o menos un año. Pero aún desde este lugar de relativa lejanía (en comparación, al menos, con los fanáticos de siempre), no lo pensé dos veces a la hora de comprar entradas, cuando me enteré que venían. Claramente, una de las mejores decisiones de los últimos tiempos.

La palabra que más se me viene a la mente en este momento es “grande”. Y no me refiero al Estadio Único de La Plata que, la verdad, calificaría de paquetería, sino a la grandeza de esta gente, que superó ampliamente mis expectativas. Fue una experiencia musical de las que quedan grabadas en la mente, uno de esos grandes shows que en años voy a agradecer no haberme perdido. Pearl Jam se plantó como lo que demuestra ser: una banda grande, un clásico de nuestros tiempos en el estilo de las bandas que faltan.

La segunda palabra que no me saco de la cabeza es “rock”, porque sinceramente sentí en algún lugar de mí un reencuentro con el género que se perdió en la década de los 2000. En una lista de 32 temas que alternaban entre la variante más pesada y más acústica (triste y melancólica, como todo buen grunge) de los mismos genios, durante la cual Vedder corrió, saltó y gritó por todo el escenario como a sus veintipocos, mientras sus compañeros se perdían en solos de guitarras y en diálogos musicales constantes, una vez tras otra, como si no existiera la palabra cansancio en su vocabulario, se logró sentir, y con mucha intensidad, de qué se trata estar vivo.

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Like common people

Different Class (1995), Pulp.

En la búsqueda de nueva música uno se encuentra con cosas que difícilmente hubiese esperado escuchar. Este álbum de Pulp, banda británica de rock de los años ochenta y noventa (es decir, de brit pop), es ese caso. Después de descubrir una canción en particular, gracias al documental Live Forever: The Rise and Fall of Brit Pop decidí escuchar el disco correspondiente y, con sus altibajos, resultó que merece unas palabras al respecto.

Desde el título mismo se plantea el tema de la obra. Different Class es, sin dudas, sobre las diferencias sociales. Dentro del contexto, no necesariamente se trata de cuestiones clasistas, sino de la búsqueda de identidad de una generación con una problemática y un estilo muy particular. En los mismos años y en el mismo lugar surgieron una serie de discos y bandas con una estética definida (Blur y Oasis son, me parece los otros dos referentes más grandes) y, seguramente sin proponérselo, Pulp trató ese tema en este álbum.

Desde la primera canción, que dice literalmente “we don’t look the same as you /We don’t do the things you do, but we live around here too” y por sobre todo “we’re making a move, we’re making it now”, queda claro por dónde va el asunto. Tal vez el mejor tema del disco, Common People, apunta a una cuestión más claramente de clase, y a un lamento trágico por no poder tener una vida más normal. Si bien es notable cierto snobismo o pose en el planteo de ser completamente diferentes al resto de las personas, al menos no es lo que prevalece.

Estéticamente pareciera ser un disco más propio de los años ’80 que de los ’90, en una mezcla de Bowie y Morrisey, con mucho grito y canto quebrado que, si bien visto a la distancia se hace difícil de juzgar, no puede dejar de parecerme parte de la mencionada pose en la que, según veo, estaba inmerso todo el movimiento británico de esos años. De todos modos, por unas cuantas veces (hasta que, eventualmente, cansa) se deja oír.

Sweetness Follows

Llega un punto en la vida de la mayoría de las personas en que se jubilan, dejan de trabajar. Muchas veces esto no pasa, y suele ser un buen signo, de fortaleza. Otras veces el que no pase no significa más que una negación sobre lo irrefrenable. Es particularmente notable en el caso de las personas dedicadas al arte. Directores de cine que siguen trabajando por el gusto de hacerlo, más allá de generar porquerías. O músicos que siguen haciendo giras y sacando discos malos, ignorando que ya no pueden hacer lo que antes supieron. Aclaro, por las dudas, que esto no me parece en absoluto condenable.

Esta semana dieron por finalizada su carrera como banda los integrantes de R.E.M, después de más de treinta años de trabajo conjunto. Si bien me generó algo de nostalgia, debo decir que admiro el valor de comprender cuando una etapa terminó y decidir no insistir sobre ella. La realidad es que siempre fue una banda más bien propia de los años 90, y por ello voy a decir algunas cosas sobre sus dos más grandes discos: Out of Time (1991) y Automatic for the People (1992).

Creo que el segundo disco es una evolución, una versión mejorada, de las ideas del primero. Los dos están repletos de grandes canciones, y Out of Time  incluye, entre otras cosas, el gran hit que es Losing my Religion, una obra maestra de su generación. Pero considero que Automatic for the People tiene canciones más sutiles y una estética más pulida, llegando a lo que para mí son los puntos álgidos de la carrera de la banda, como Sweetness Follows o Try Not to Breathe, sumados a muchos otros. El disco tiene una gran unidad y un concepto fuerte, y diría que es una obra infaltable para cualquiera a quien le guste la música.

Después de semejante trabajo, merece mi respeto una banda que siguió tocando por casi veinte años más, y que supo decir punto final cuando lo creyó así. Mis aplausos a R.E.M., les deseo un feliz retiro.

Right Here, Right Now

You’ve Come a Long Way, Baby (1998), Fatboy Slim.

Este es un disco para enchufarse en los oídos y escuchar caminando. Realmente parece diseñado para tal función (y solo caminando, cualquier otra forma de movimiento sumada a esto sería directamente peligroso); para estimular el cerebro y las piernas, y dejarlos perderse en nuestro magma personal y urbano.

Caminar es una actividad que particularmente me agrada bastante. Tengo la costumbre de, cuando las distancias entre lugares no superan las veinte cuadras, caminarlas, así como la de, cuando el tiempo del que dispongo alcanza, caminar distancias mayores. Y recientemente redescubrí (porque ya lo había notado y olvidado hace algunos años) que el disco mencionado es una buena compañía. Anoche, sin ir más lejos, caminé más de una hora entre mi facultad y la de la chica que ocupa el rol de mujer de mi vida, y no llegué a escuchar el disco completo, señal de longitud. Pero como todas y cada una de las canciones del mismo tienen una unidad de sentido fuerte, y en muchos casos se suceden la una a la otra sin interrupciones, el disco se percibe como una sola cosa, de comienzo y final difusos que así como termina, podría volver a empezar.

Se trata de una mezcla de electrónica, hip hop, y otras cosas que no sé mencionar porque, simplemente, no son géneros de mi estilo. Pero en este caso, a  pesar de no serlo me parecen magistralmente llevados a la obra. Creo que la canción que inaugura la lista resume conceptualmente la idea del álbum. Right Here, Right Now, solo desde su título, es bastante explicativa: Fatboy Slim nos dice que estamos en este momento y en este lugar, es decir, en el presente, momento en el cual sucede todo, y nos hace sumergirnos en ese momento. Y esto no puede hacer más que estimular la mente (al menos en mi caso) en el sentido menos estructurado del término. Lo que importa es el presente, el presente es el pensamiento, y este disco reitera e intensifica el mismo, dejándonos divagar libremente, con más atrevimiento y audacia del que estamos acostumbrados. Con este hombre genio, llamado Fatboy Slim, por momentos soy el mejor jugador de go del mundo, en otros estoy escribiendo una gran película, y en otros estoy sacudiendo el mundo del video under. Cuando termino de escuchar (y de caminar) algunas ideas que forman parte de aquellas quedan, y me dejan trabajar.

Long, long, long

Martin Scorsese dio a conocer el trailer de lo que será su documental sobre George Harrison. En honor a la verdad, admito que no vi ninguno de sus documentales musicales, no por decisión política ni nada por el estilo, sino porque es un género que nunca me atrajo particularmente. Por lo general pasan con cierta indiferencia, y como nunca queda claro si el interés de los mismos depende de la película o del músico, mis gustos se confunden y terminan por ignorarlos. Igualmente, tengo en mi haber algunos que disfruté (de nuevo, probablemente más por el músico en cuestión) como About a Son o Loki: Arnaldo Baptista, y que me hicieron notar las posibilidades del género (particularmente el primero).

El punto es que, más allá los prejuicios o los gustos, sospecho que nada malo puede salir de esta conjunción de genios, y que si nunca fui fanático de Bob Dylan, The Band o The Rolling Stones (las demás películas del género, de Scorsese), sí puedo declarar haberlo sido (o serlo) de los Beatles y, probablemente, de Harrison.

Por un lado, desde lo poco que podemos conocer de lo humano de las figuras públicas, es claro que Harrison fue siempre más humilde que la dupla protagonista de la banda, de la cual uno no sabe si soportaría más de algunas horas de su compañía. Pero más allá de esta aparente calidez, a nivel musical hay hitos insuperables. Sí, voy a nombrar a Something, a riesgo de ser trillado y nada novedoso, y particularmente a su solo de guitarra, simple si los hay, pero profundamente emotivo. Pero además, Harrison es el compositor de uno de los temas más subvalorados de los de Liverpool, Long long long, que con esa mezcla de misticismo y romanticismo, y un estilo al más puro Elliot Smith (precediéndolo en treinta años), no puede menos que partirlo a uno de dolor. Post-Beatles, además, fue el compositor de una genialidad de la alegría como lo es My Sweet Lord, una canción que parece compuesta para cantarla en un fogón.

Dicho esto, solo pensar en la música que acompañará la película (y de nuevo el objeto estudiado supera al estudio), la melancolía y el talento, y por supuesto, Scorsese, me generan, simplemente ansiedad.

La vida misma

Ride the Tiger (1986), Yo La Tengo.

Siempre es bueno descubrir discos desconocidos para uno de una banda que le gusta. Se acerca a la sensación de encontrar un billete extra en la billetera, que no se esperaba. Este es un caso de esos, descubriendo el primer disco de una banda a la que ya estoy algo habituado.

Es interesante notar que las diferencias del sonido, marcadas respecto a la evolución que más adelante tuvo Yo La Tengo, podrían ser consideradas de origen anterior o posterior de la etapa que le dio fama (siempre moderada, claro) a la banda. En el segundo caso, se puede pensar que una marcada búsqueda y experimentación culminaron en un sonido más limpio y claro. Pero por suerte no es así. Este primer sonido es el que fue evolucionando hacia el noise y los efectos a los que nos tienen acostumbrados. Es desde acá de donde se originó el gran disco que es Painful (1993), o incluso Summer Sun (2003).

No es menor el hecho de que en el momento de Ride the Tiger estaba presente en el grupo Dave Schramm, que abandonó la banda después de este disco. Considerando que era uno de los cantantes principales (o como le dicen ahora, vocalista), es un cambio considerable en el sonido. Más tarde la voz de Kaplan logró hacerse característica de la banda.

Pero más allá de las diferencias, me gusta descubrir las semillas de lo que la banda devino más tarde. En el tema “The Forest Green”, esa base de un extraño sonido presente durante todo el tema, la guitarra metálica, y la batería grave y a puro tom tom, suenan claramente a los años noventa por venir. “The Cone of Silence”, por otro lado, tiene claramente el sonido ochentoso de muchos otros temas del disco, que lo ubican en su época (y que tal vez hacen notar la trascendencia y la originalidad menores de la banda en ese momento), con un estilo todavía no muy definido, pero sí presente, con vistas al futuro.

Ya existía en Yo La Tengo lo principal de su música: esa sensación de vivir, de salir a la calle a caminar, de tomar una cerveza con gente, y de encontrarse con una chica. Usar camperas, mirar películas. Ese espíritu indie que sólo ellos transmiten muy bien, y que en la vida sólo se puede encontrar en el acto mismo de vivir .

Winehouse

Tristemente falleció esta chica, y yo sin haberla escuchado. Mi amigo el sonidista me interrumpe en una conversación y me pregunta: “pará, ¿conocés a Amy Winehouse?”, “sí, claro”, “murió”. De más está mencionar el morbo (natural, por cierto) de títulos como “Amy Winehouse se unió al Club 27”, en alusión a la edad de su muerte, ya bastante compartida con otros músicos. Y de más también está hablar de lo difícil y escandalosa que era su vida. Así que lo que me propuse fue simplemente escuchar su música, que es lo que, después de todo, perdura.

Acorde a mi metodología obsesiva, escuché antes que nada su primer disco, que la lanzó a la fama  a la edad de 20 años (y uno piensa, ¿qué hice yo a los 20 años?). Me pareció que Frank (2003), como mínimo, tiene un sonido muy particular, entre clásico y muy 2000. La voz de esta mujer era realmente sorprendente, y contrariamente al prejuicio que tenía, tiene algunas baladas muy suaves y románticas, como (There is) No Greater Love, que combinan muy bien, en contraste, con algunos temas más oscuros que utilizan, por ejemplo bases de hip-hop (In My Bed). Por otro lado, quiero destacar que el disco tiene mucho clima, que todavía estoy tratando de descifrar (¿una especie de calurosa noche urbana con olor a sexo y cerveza?).

Escuchar el segundo disco, Back to Black (2006), a continuación directa de Frank es bastante divertido, porque el contraste es llamativo. Es como si a la primera Amy Winehouse le hubiesen puesto picante, o se hubiera adentrado en sí misma, sacando lo que al principio solo se esbozaba. Arranca con Rehab, y me sentí en un terreno más familiar, siendo un gran éxito de su época. Después sigue con sus bases hip-hop y sus melodías extrañas, pero hasta su voz es diferente. Es más grave y más enérgica, y esto aporta muchísimo. En general este disco es muchísimo más inspirado y potente que el anterior, y lo recomiendo ampliamente.

Más allá del estilo de esta cantante, que tal vez no coincide plenamente con mis gustos, me parece que se hizo claramente notable en su década repleta de poca música. Y más allá de su propio sufrimiento, me llena de lástima que, como de tantos otros, nos perdamos sus próximos discos.