transporte

Acá y ahora

Los últimos cinco días los pasé en San Pablo, Brasil, en donde me encontré a Julieta, que está haciendo un intercambio en UNICAMP.

No sabía muy bien qué esperar de la ciudad, tenía muy pocas referencias y apenas había visto algunas fotos. Además, estaba en otra cosa (en muchas cosas), y pensaba más en el reencuentro y en salir de la ciudad que en el lugar al que iba. Cuando llegué no pude mantener esa frialdad en el juicio.

San Pablo es una bestia gigantesca que vive en el centro de Sudamérica, llevándose a todo por delante. Tal vez todavía no puedo armar un concepto completo de la superficie, pero lo primero que vi (y lo que más abiertamente me mostró la ciudad) estaba por debajo de ella. El Metrô de la ciudad es varias veces el de Buenos Aires, en muchos sentidos. Estaciones de concreto, industriales, como si a los constructores no les hubiera importado nada más que el servicio en sí mismo, el caudal de gente, el fluir de la sangre urbana. Tres pisos, escaleras mecánicas veloces, combinaciones ridículamente pobladas, frecuencia altísima, Blade Runner. La estructura importa más que cualquier otra cosa, y pareciera que todo es estructura.

Arriba las cosas son más ambiguas. Es el lugar de lo posible, es el lugar donde pasan las cosas, y siempre doblando la esquina, bajando o subiendo, parece probable encontrar cualquier cosa. Tal vez una estadía más larga haga lo potencial concreto, como las estaciones gigantes, y desnude un poco más a la ciudad, por ahora críptica. Pero lo que es seguro es que San Pablo, a diferencia de otras ciudades es, sin dudas, ahora.

San Pablo

Navarro

Para llegar hasta Navarro existen cuatro opciones. Una es ir en auto, y en mi caso particular, no manejo. La segunda es ir en “combi”, mini transportes privados inseguros, incómodos y semi-rápidos, de un precio ridículamente alto para su servicio. Extrañamente, este método es el más popular. La tercer vía es el tren, pero este llega solamente hasta Lobos (cerca de Navarro), y tiene horarios, en la mayoría de las veces, poco cómodos. Por último, la cuarta opción es el colectivo público, línea 136, que desde Primera Junta debe tardar aproximadamente tres horas (en combi son dos o dos y media, y en auto una y media o dos). Opositor como soy (cuando puedo) del transporte privado y de madrugar en exceso, opté por esta última opción, pero por un problema de desinformación, hice la mitad del trayecto en tren y la otra mitad en 136. La pasé bastante bien, pude leer mucho y conocer un poco más de mundo.

En Navarro comí en cantidades, gracias a la familia de mi novia, en almuerzos y cenas bastante grupales y entretenidos. Lo divertido de un pueblo así es que después de dar unas pocas vueltas ya uno cree conocerlos, y la gente del lugar se saluda apenas se ve. Como en Mechita, surge la imaginación de vivir en un lugar así, y queda rápidamente descartada.

Por último, el personaje destacado fue el señor tío y abuelo, jugador amateur medianamente fuerte de ajedrez, con el que se puede tener charlas (o escuchar monólogos) de todos los temas. Entre ellas, mantuvimos con él y su yerno la del deporte y su falta de fomento. El tío y abuelo me comentaba que es imposible vivir en argentina y vivir del ajedrez. También me contó que los clubes decaen y faltan profesores. Hablamos que no se fomenta la competencia ni la difusión, ni del ajedrez ni de ningún deporte (excepto el fútbol), y que la única vía es la privada, o ser un genio. Me sonaba familiar.

El transporte público a Navarro tarda mucho, el tren sale en horarios ridículamente distantes, y llega solo hasta Lobos.