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Puede ser algo anacrónico hablar de lo novedoso del twitter cuando ya es la red social más instalada y popular del mundo, pero yo no entendía su funcionamiento hasta no hace mucho, y sé que hay por ahí mucha gente que lo mira con recelo. Porque la verdad es que, al menos en comparación con Facebook o Google+ (que, por otro lado, no parece estar sumando mucho al asunto), Twitter tiene una interfaz menos amigable, menos comprensible de un vistazo. Tal vez por su velocidad vertiginosa, su falta de imágenes, su formato de lista infinita, el punto es que difícilmente uno le dé un vistazo y lo siga usando. Probablemente tenga que volver varias veces antes de encontrarle su utilidad y entrar en el código.

Pero lo que encuentro yo en él, es una utilidad de aparente democracia informativa. Esa gente que cree encontrar en la televisión un mundo de información conspirativa construida de inexpugnable codificación y filtrado (porque si no fuera inexpugnable, no sería tan desinformativa, simplemente habría que saber interpretarla); o al menos, los que ven a la desinformación de la televisión como algo obstaculizante para su adquisición de información, pudieron encontrar en internet un campo más libre. Todos encontramos un campo más libre, está claro. Hace algunos años esta libertad halló su punto máximo (al menos por ahora) con Twitter, donde se decide abiertamente de quién se escuchan las opiniones, de una manera plural y polifónica.

Esta red social es una competencia directa a los medios de comunicación tradicionales, y apoyada por la blogósfera, los diarios digitales y cualquier otro medio similar, hace a la información un magma que nos rodea y baña constantemente desde todas las direcciones, esta vez a la luz del día. No es simplemente una voz más. En un nivel conceptual al menos, es una vez macro que fagocita a las demás (a todas las demás) y las distribuye, acorde a las necesidades y gustos del consumidor. Lo celebro.